Juan. Le han dado la discapacidad. Su diagnóstico: TRASTORNO DE LA AFECTIVIDAD. Comencemos por el ritmo de una vida: La primera parte; fue rápida. Rápida pasó su infancia, rápido se casó con su mujer (él tenía 19, ella 17), rápido encontró trabajo, rápido se quedaron embarazados (por partida doble), rápido nacieron sus dos hijas y rápido una mañana, a los seis meses, voló el alma de una de ellas. Rápidas fueron las culpas, los reproches, las discusiones y el divorcio. Cambió a lenta; lenta fue la tristeza que no se fue, lentos fueron los días que se repetían , lenta fue la pereza que se instaló en las noches sin luna, en los días sin sol, lento fue el cuerpo que no reaccionaba al aire que lo movía y lento fueron los recuerdos que permanecieron. En esa lentitud, amigos, vecinos y sociedad, le recomendaron que visitara a un psiquiatra, para que rápidamente volviera al sonambulismo normal. Muchas pastillas y pocas palabras resumieron el hecho trágico de una vida. Pero aun así, él siguió sintiendo cada día la tristeza de la despedida, siguió naufragando lento perdido en el laberinto de los porqués, siguió buscando el sentido atravesando las noches sin sueño y siguió comiendo dulce para soportar la nada. A ese camino de rosas marchitas, lo han llamado: trastorno de afectividad. La Afectividad de extrañar un cuerpo, amar un ser, y de que esto se instale en la memoria. La tragedia marca el dolor que evitamos pero también guía nuestro ser hacia algo más profundo, seguramente más sabio. Fue la tragedia la que hizo cantar a Janis Joplin, escribir a Shakespeare , pintar a Van Gogh. La tragedia que hizo buscar a Claudio Naranjo, crear a Jodorowsky. Quién sabe, entre otras cosas, cuántos genios nos hayan quitados las farmacéuticas, cuánta menos conciencia estén dispuestas a brindarnos. Naufragar por la desdicha humana es inevitable. Mi amigo no es un discapacitado, es un ser capaz de recordar tristeza. Que no nos quiten la normalidad de la vida aunque duela, que no abandone las lágrimas si éstas no quieren irse, que no vea el sol, si éste quiere permanecer escondido. Aun si nada, sé que un día la esperanza volverá a encontrarme. Confíen en ella, bendita psiquiatría.