Vagaba por las calles de esta ciudad maldita, pidiendo una razón para quedarme. Mientras aparcaba mi bici, de pronto una voz: “-¿No te la roban?”. Cuando me giré, supe que esos ojos tendrían mi respuesta. “-A mí me han robado las mantas”. “- Pero señora, ¿usted duerme en la calle?” Asintió. Por suerte disponía de tiempo, del tiempo como de agua, que se necesita para que sucedan los milagros. Y me dispuse a escuchar las palabras de una memoria, que se desplegaba ante mí, como alas de mariposa. Con una infancia dura, escapando siempre de una madre que la volvía a encontrar. “-Pero usted es tan bella, que habrá tenido muchos pretendientes con los que irse.” “-Así es, pero yo quería estar sola”. Con la dureza encerrada entre paredes, le fue difícil sostener esa afirmación para siempre. Llegó el marido. Llegó la hija. Y descifrando su lenguaje, supe que ella había visto como él abusaba de ella. Tuvo que escapar nuevamente, esta vez con su hija. Cuando lo recordaba, su boca dulce se transformaba en una ak 47, disparando hijo de puta y hombre muchas veces seguidas. Aunque su dolor no era algo que provocara rechazo o lástima, transitaba por él con la aceptación del mal común en todas las vidas. Se me ocurrió preguntar lo obvio, para dar continuidad a los recuerdos; “¿todo eso es cierto, señora?” “-Te lo juro por dios, que lo amo con locura” y mientras lo decía, sus ojos de cielo se convertían en ojos de mar, interrumpiendo el diálogo conmigo para hablar con él: (………..) Y del más puro dolor pasó al más puro amor, como quien cruza estas calles. “-¿Cómo puede ser que lo ame tanto, con toda esa experiencia que naufraga con usted?” “-Porque también me ha dado muchas cosas buenas, más buenas que malas”. En eso, me reveló el secreto de su eterna belleza. La invité a cenar al comedor y aunque tuvo un trato especial, no hubo quejas. Todos creamos un cordón de protección, recordando nuestra humanidad, que aún conserva la sabiduría de cuidar las almas viejas. Le procuré una cama que ella aceptó, pero cuando vinieron a recogerla, se negó a irse, insistiendo que ella quería estar sola, caminar sola, salir y entrar sola. Sola igual a libre. “Pero por Dios, acepte esta noche, que hace frío, la calle es fría, Barcelona es fría”. Costó lo suyo, pero por fin accedió, aunque fuera, hasta quién sabe cuánto tiempo. “Hago historias y quisiera contar la suya, ¿me deja?” -“Claro, un día la gente sabrá mi historia y llorarán torrentes de lágrimas”. -“Venga a vernos”. No la vi más. Mientras se alejaba lo supe; vino a recordarme que en esta ciudad maldita, quizás durmiendo en una esquina o en un viejo banco de la calle, siempre, puede aparecer un ángel.